“El precio de la conciencia”
ECCL 1 de diciembre de 2011 Asunción Cívicos Juárez
Los habitantes de Terrilandia están inquietos, descontentos, desconcertados; empiezan a tomar conciencia de que caminar con las manos y cabeza abajo, emulando a un famoso gimnasta del norte, fue excitante y divertido por un tiempo, pero ya no. Ya son muchos los que empiezan a girar y poner los pies en tierra; a pensar por sí mismos, a reflexionar acerca de los valores que guían sus actos, a discernir los errores del pasado y a proponer soluciones presentes y futuras. Hace dos días pude oír a un grupo de terrilandeses enzarzados en un debate colectivo sobre algo que ellos llaman crisis (financiera, económica, familiar, emocional, humana, …).
Alguien decía que lo mejor de cualquier crisis es la oportunidad que entraña de transformación y que la causa última de todos los males que los aquejan es la codicia. La avaricia de unos pocos en particular y de todos en general, porque todos aspiran a tener más y lo intentan a cualquier precio, razón por la que no están realmente interesados en darle la vuelta a un sistema que amenaza su integridad física, psicológica, material y moral ¿Quién sabe? se dicen, mañana puedo ser yo el millonario.
No escuchamos a los niños y mira que nos lo decían “papi dame una moneda para montarme en el cochito” y aquí seguimos, metiendo una moneda de euro haciendo como que no sabemos que lo que antes eran 100 pts. ahora son 166. La Europa del euro. Por cierto, ahí están los británicos, como si no fuera con ellos.
Y se cumplieron los pronósticos más agoreros. Estalló la burbuja inmobiliaria producto de la especulación; la crisis financiera, la deslocalización de empresas, la regulación interesada de los mercados, los planes estructurales, las directivas europeas, multitud de decisiones tomadas en las altas instancias por cabezas pensantes, internacionales, antidemocráticas y todopoderosas; lo hacen de espaldas al pueblo y en contra de los pueblos. Ahí están el Fondo Monetario Internacional; el Banco Mundial o la Organización Mundial de Comercio que imponen la medidas políticas que han de tomar nuestros mal llamados gobernantes, que gobernar, lo que se dice gobernar, ya no gobiernan nada. En el mejor de los casos administran y a juzgar por los resultados, con poca eficiencia y con menos eficacia. O al revés, que para el caso viene a ser lo mismo.
Nos quedamos sin trabajo porque desde hace tiempo muchas de las grandes empresas se trasladan a territorios más indulgentes, con menor exigencia fiscal, sobrados de mano de obra barata, servil y sin conciencia de derechos laborales o sociales adquiridos o por adquirir. Allá en Latinoamérica o en el continente asiático están viviendo su propia y particular revolución industrial, con dos siglos de “retraso” con respecto a occidente. Trabajan hasta la extenuación por salarios de hambre, en condiciones infrahumanas hombres, mujeres y niños que se han convertido en los nuevos esclavos del siglo XXI, pero a nosotros ¡qué nos importa!, vivimos -aún en la peor de las circunstancias- acomodados por el mullido colchón del bienestarismo estatal o de la protección familiar, a veces amparados tras la economía sumergida solventando cada uno como mejor puede, pero desde la individualidad, las vicisitudes cotidianas: desde el vacío existencial hasta la pérdida del último contrato basura, pasando por la congelación salarial, la subida de la hipoteca o la carestía de la cesta de la compra. Y a pesar de todo ello, volvemos la cabeza para no ver los escandalosos beneficios de la banca, o que las grandes fortunas y los millonarios sueldos de algunos deportistas se depositan en paraísos fiscales, que los servicios públicos los pagan los de siempre, que la pobreza y la escasez aumentan al tiempo que lo hacen las ganancias de las grandes empresas, no ya multinacionales sino transnacionales, palabros y eufemismos que entrañan más riqueza y privilegios para unos pocos pero mucha precariedad y pérdida de derechos para otros muchos.
No me gusta la culpa, pero… ¿para qué engañarse? Hay que reconocer que acepto con pasmosa naturalidad que miles de personas mueran de hambre cada día; que he perdido la capacidad de indignación por tanta injusticia social; que no ejerzo todo mi poder como consumidora responsable y comprometida con la naturaleza y con la explotación infantil; que no leo la letra menuda de los contratos financieros ni denuncio la escalada de abusos; que no presto mi voz a los que carecen de ella; que no hago lo suficiente para romper la inercia individualista sustituible por una conciencia colectiva y solidaria que actúe a favor de un estilo de vida más humano, más digno, más inocente.



