MARTINI DULCE

Martini dulce de Joaquín Tena, alumno actual del Fitness con Letras.

-Bajada y subida son el mismo y único camino, -me dijo un señor de barba blanca, cuando me senté en la mesa donde él tomaba una jarra de cerveza. Compartí su mesa porque yo sé que en Inglaterra es costumbre compartirla con otras personas aunque no las conozcas, y el hombre, un lobo de mar, hablaba perfectamente el español, pero con fuerte acento anglosajón.
Apenas me hube sentado, él se levantó y me deseó las buenas noches.
La camarera se deslizaba como un delfín entre las mesas, con la gracia de una bailarina de ballet, bandeja en mano, sonriente y servicial.
Pedí una botella de vino rosado mientras pensaba en lo de la subida y la bajada, porque el lobo de mar con su sentencia de gurú del Ganjes me había dejado mosqueado. Pero al segundo vaso ni el lobo de mar ni la sentencia formaban parte de mi existencia.
Yo estaba embobado con la camarera que me recordaba a Leslie Carol, una actriz con carita de gata de tiempos de “Lo que el viento se llevó”.
Pero, como estaba leyendo “El talento de Mr. Repley”, y en esta novela los personajes beben mucho vermut , pedí un Martini.
La camarera sonrió, y, a la vez que anotaba mi pedido, me dijo que para aperitivo era mejor el Pernaud. Pero me tomé un vermut blanco como Marge, la amiga de Mr. Ripley. Frío, dulce; repetí otro antes de pasar a los entremeses, y siguiendo los consejos de la doncella de Orleans (lo noté por el acento) , pedí una ensalada con fois que le ayudé a bajar con un provençal demi-doux.
De repente la camarera me recordó a Isadora Ducan: una libélula entre los clientes, ligera y transparente.
La bebida en los señores de edad provecta se precipita rápida en la bajada y, si se tiene costumbre, aguanta la subida. Pero la bajada y la subida es un mismo camino: de la cabeza a la vejiga. Hice un gesto como queriendo buscar al lobo de mar que súbitamente había vuelto a mi conciencia. Pero no estaba, así que tras dominar la punzada de la hernia discal, me levanté y me dirigí al aseo. A la salida del mingitorio intenté que no se me notara el efecto de los martinis y con cuidado volví a la mesa. Pero al acercarme vi un pájaro picoteando los restos de mi ensalada tibia. Creo que era una gaviota, aunque no estoy seguro, porque yo de ornitología… Lo que sé es que el pájaro debía de tener diarrea, pues la mesa y la silla estaban llenas de cagadas y, aunque la Isadora Duncan me dijo que enseguida me preparaba otra mesa, yo estaba de pie, mirando a todo el mundo, y todo el mundo me miraba sonriente, porque casi todos, dejándose llevar por los consejos de la chica habían bebido como Mr. Repeley en la novela, aunque no la estuvieran leyendo.
Isadora me sugirió que en lugar de estar de pie mientras se restablecía el orden perturbado por el pajarraco mejor sería que me sentara a la barra, donde me sirvieron una copa de vermut, invitación de la casa.
Como detrás de la barra había un pequeño televisor que retransmitía un partido de la Real, club del que soy aficionado, me quedé mirando hasta que la camarera me sugirió continuar con un escalope de ternera con muselinne de ajo y judías verdes. Cuando llegó el escalope, el partido estaba en la prórroga, así que le pedí que me dejara continuar en la barra. “Pas de problèmme”, dijo. Para los postres ya el partido estaba en la tanda de penaltis y devoré un helado de higos con chocolate caliente acompañado con vino Málaga. El Málaga lo bebí de un solo trago, con lo que la libélula me sirvió una segunda copa. Pero , a pesar de la torpeza que estaba adquiriendo mi lengua, logré decirle que preferiría un cava.
“No se apure”, dijo, “en vista de todas las incomodidades sufridas, la casa le invita a tomar una copita de cava”. Como ya llevaba un rato malinterpretando la realidad, asentí. Daba tumbos desde la banqueta y tan pronto me quedaba anonadado mirando al televisor como giraba la cabeza para mirar si las gaviotas se metían con otro cliente.
En una de estas, cuando pasó la muchacha, le quise tocar en el brazo, pero le desestabilicé la bandeja y se fueron rodando, con restos de postre, los platos de los últimos comensales.
-No se apure,- me dijo -ya eran los últimos clientes, y después de usted cerraremos el comedor.
-Pues, siéntate y tomate una copa ahora, conmigo. ¡Hala, que yo te invito!
Se desasió de mi, que inoportunamente le estaba cogiendo el vuelo de la manga, y con determinación, dijo: -Lo siento, yo nunca bebo.
Quise pensar en la palabra abstemio, pero me resultaba imposible pronunciarla. Así que le dije que la bajada y la subida son un único y mismo camino y le dejé cincuenta euros de propina, que ella rechazó de plano, y con la dulzura de un sorbo de martini me cogió de la mano y me llevó a la puerta, donde mi interior maulló como un gatito en celo por más de diez minutos.

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