JÓVENES ESCRITORES

JÓVENES ESCRITORES

Jóvenes escritores desde nuestra aula virtual

Los Jóvenes Escritores siguen escribiendo desde nuestra Aula Virtual  con su profe, Antonia Molinero. Les colgamos el relato que Daniel Suárez Acosta ha escrito sobre su compañera Oli Li Cabrera.

«Olivia» de Daniel Suárez Acosta

Y un día, apareciste. Apareciste tú y tu pelo rizado, de raíces oscuras y puntas claras. Apareciste tú con tu voz suave y adormilada. Apareciste tú y esa forma de mirar de tus ojos oscuros.
Su esbelta figura se mueve casi como si flotara, de forma divina. La perfección de su persona se une a rasgos tan humanos como su adorable naturalidad y su sonrisa, tan extraña como reconocible.
Un rostro siempre cambiante, que va desde la inexpresión hasta múltiples emociones contrastadas entre sí. Quizás la persona más feliz del mundo cuando está feliz.
Está plagada de matices por sus cuatro extremidades que la hacen todavía más compleja y especial: su capacidad de ser tan distante como cariñosa, sus finas cejas, el piercing de su oreja derecha, su reluciente y cuadriculada dentadura, y un largo etcétera de cosas que no menciono y que me faltan por localizar.
Llamar su atención no es difícil, mantenerla es imposible. Es fácil acercarse pero no tanto alejarse.
No puedes dejar de escucharla cuando habla, no porque te interese o no, sino porque sabes que puedes estarte perdiendo algo increíble si lo haces..
Cada conversación es un descubrimiento, cada palabra que sale de sus finos labios es importante.
Simplemente, ella tiene una forma de ser envolvente, es una persona irrepetible e inolvidable. 

RELATOS JÓVENES ESCRITORES

RELATOS JÓVENES ESCRITORES

Olivia Li escibiendo

“Mariposa Monarca” de Oli Li Cabrera 

Recuerdos dibujados de colores, flashes de un pasado pintado de azul. Ese sentimiento que te evoca al ayer, una imagen, un color que te recuerda algo. Sensaciones al parpadear ese color por entre tus pestañas. Como cuando miras la luz y aun cerrando los ojos y huyendo de ella la sigues viendo.

El color que se revuelve entre los álbumes de lo que decidiste recordar. Lo que te esfuerzas en no olvidar, esa llama brillante que te iluminó algún día y a falta de luz sigues buscando.

Dicen que nos quedamos con lo bueno de cada recuerdo, que solo guardamos los dibujos bonitos y tiramos deprisa los feos. Para intentar olvidarlos, para creer que eso no salió de nosotros, que eso no formó parte del pasado, que eso no fue lo que fuimos, que no ocurrió.

Colores que no guardaste en el álbum, lo que olvidaste y ahora encuentras en el azul que te envuelve. Como cuando lloras por una canción que te recuerda un momento que ya pasó. La sensación del miedo de que todo lo que pasó no volverá a ser. O del recuerdo de aquello que nunca tuvo que haber pasado.

Mariposas que volaron y se llevaron mi recuerdo, las ganas de volver a cenar una una mesa de cuatro, de tumbarme en un sofá demasiado lleno, del vacío de ese asiento en el coche y el espacio que sobraba en los cereales abiertos. Recuerdos olvidados que atraparon mis mariposas y que se aparecieron en flashes del azul a mi alrededor.

Romperte la misma mano que ya acunó tu caída al suelo. Llorar por todo eso que sentiste, lo que ya terminó. Llorar por no poder rebobinar, por no volver a ese recuerdo que ya huyó de ti aun tú siendo eso. Siendo lo que hiciste, lo que fuiste. Pero que se escapa de ti por ya estar lejos. El ser todo eso que no forma parte de ti.

Somos lo que hicimos, los recuerdos que roban nuestras mariposas, somos algo que no forma parte de nosotros, lo que voló hace tiempo. Y, aun así, tenemos que seguir siendo eso de lo que no formamos parte, lo que voló con las mariposas que dejamos salir. Tenemos que ser palabras que ya no salen de nuestra boca, un pasado que se difuminó entre recuerdos, gestos que no volveremos a hacer.

Un baúl oscuro, una caja de lápices grises, cortinas llenas de polvo porque ya nadie mira por sus ventanas, espacios vacíos. Ocupar todo lo que falta, todos lo que se olvidó llenar. Mariposas que nacen del vacío de esa caja que no está llena, de ese joyero sin joyas, las que nace de lo oscuro, de lo gris.

Un blanco y negro interrumpido por un volar de colores, que estropea el silencio, que lo rompe. La estrella que decidió brillar, aunque todo estuviese negro, la primera palabra de una vida muda. El revolotear que nació del hueco olvidado bajo de mi cama. Obligado a ser el que esconde a los monstruos, castigado con tener que ser su guarda.

Volar, volar por entre vidas grises, por entre edificios demasiado llenos, demasiado altos, por entre recipientes que tuvieron que llenar personas. Mariposas que nadie guarda en su interior.

Salieron de mí, mariposas grises que le robaron los colores al negro.

¿Por qué las mariposas no nos dejen tocarlas? ¿Por qué se posan en las flores y vuelan sin nos acercamos, si queremos tocarlas, si queremos recuperar lo que es nuestro?

Las que le roban los colores al negro o supieron encontrarlos dentro de él.

Las corrientes del aire, el viento que vuela sobre el mar y por encima de las ciudades, que los pájaros siguen para poder moverse.

Pequeñas y sin demasiada fuerza, obligadas a huir y por ello emigrando de mí hacia otra yo, impulsadas, arrastradas, empujadas por corrientes que vuelan las mariposas cada año para llevar los colores a la primavera cuando aquí llega el invierno.

Los que las pueden tocar, lo que no quieren volver a lo que fueron, los que las sueltan y se obligan a enseñarlas volar, lo que encuentran en ellas el amor que llena ese espacio que vaciaron muy rápido las mariposas que volaron en diciembre.

Mariposas que volaron, con las que huyó tu pasado, las que conseguiste que te lo hicieran desaparecer de entre tus pesadillas. Pero tú te fuiste con ellas al ser ese pasado, al estar en esos recuerdos que te esforzaste en borrar. Y volaron para pintar la nieve de flores y dejarle espacio a las mariposas que iban a empezar a crecer.

Mariposas que volaron de ti pero que no te dejan vacía.

“Primer amor” de Sonia Siverio Morales

Casi no nos paramos a pensar en la inocencia que baña un primer amor, de todas esas intensas sensaciones que siempre se intentan recuperar, volver a sentir en todos los amores posteriores. No importa la edad a la que lo vivas, sientes como tu corazón toca una frenética sinfonía y tu mente apenas puede seguir el ritmo. 

Cuando es correspondido se forma una pequeña secuencia de primeras veces iniciada por tomar su mano, sientes como si el mundo se detuviera un segundo y se plasmara una imagen en la mente como una fotografía antigua guardada en el fondo de un armario.  Luego llega el primer beso, tal vez solo haya sido un beso en la mejilla o un fugaz roce entre los labios, pero la felicidad que te aborda es inigualable. Miles de pequeños gestos que nunca volverán a tener el mismo significado, ni mucho menos te darán la misma emoción. 

Hasta que se termina, porque casi nunca duran para siempre y siento cierta envidia de aquellos afortunados que han conseguido conservarlo, porque cuando se acaba, se rompe por primera vez el corazón, se clava la primera astilla y esa es la que más profundo llega. 

Tú, que fuiste mi primer amor, aún te quiero, aunque no durara para siempre.

“Manos” de Nazayda Balmaseda Ramos

La imagen de sus manos, arrugadas y retorciéndose, gastadas y descoloridas, justo antes de que pronunciara palabras en nombre de la verdad, de su verdad. Una verdad escondida tras un rostro impasible, tras una sonrisa invicta, tras unas manos perfectas. Manos, las mismas que habían creado y destruido su mejor obra. Manos de artista, arropadas por la belleza de su mente. Manos, las mismas que habían apartado las lágrimas cuando había arrancado de su vida su creación más hermosa por un motivo egoísta pero importante. Las mismas que habrían cogido entre sus dedos el pulso de su propia sangre, si hubiera dejado que esta evolucionara, ese hijo que nunca nacería. Manos, ya marchitas, que por fin se deshacían de las cadenas de la mentira al contar en un tenue susurro una certeza irrefutable: yo lo maté.

«Tiempo» de Mingyao

Segundos, minutos, horas, dias, semanas, meses, años…

Todo son una cosa, el tiempo, que nos ha contemplado desde siempre y mucho mas, la creacion de la tierra, la evolucion de la humanidad, tu cumpleaños, todo.

El tiempo en soledad, solo, sin amigos contemplando todo, deseando morir deseando ser como esos seres vivos que nacen, viven y mueren.

Pero nunca se hará realidad ese deseo imposible para alguien inmortal, alguien que tiene que vivir toda la eternidad.

CUENTOS DE NAVIDAD

CUENTOS DE NAVIDAD

Tarjeta de Navidad

«Eternos» de Sonia Siverio Morales

Inhalé profundamente, el dulce olor a chocolate flotaba en el aire, di una última mirada sobre mi hombro y me escabullí sigilosamente por la puerta trasera de la casa mientras todo el mundo festejaba en el interior. Era una noche lluviosa, cogí el paraguas y me aventuré a entrar en aquel bosque que, siendo tenebroso para otros, a mi me resultaba algo mágico. Como cada 24 de Diciembre recorrí el camino entre la densa arboleda mojando mis pies en los charcos que se habían formado en la tierra y con la humedad clavándose en mi piel. La edad ya pesaba sobre mis hombros, sentía que en cualquier momento el cansancio me superaría y caería en un sueño sin fin. Con esfuerzo llegué al final del sendero. Me topé con aquellos majestuosos árboles que se entrelazaban entre sí, cruzando sus troncos y mezclando sus copas. Era el lugar en el que la conocí y donde sembramos la semilla de un amor inigualable. Miré el reloj, las doce en punto. 

La misma brisa que me arropaba cada año cuando visitaba ese lugar se hizo presente. Las hojas que cubrían el suelo bailaron de un lado a otro, la lluvia cesó un instante y tras un pequeño parpadeo ella apareció frente a mi. Su espíritu era tan bello y tan puro como lo recordaba. Me limité a observarla, como siempre, su mirada cálida reflejaba el amor que llegó a sentir por mí justo antes de que aquella enfermedad le robara los recuerdos de una vida plena y, más tarde, se cobrarase también su último aliento en una noche como esta años atrás. El único consuelo para mi añoranza era visitar este lugar cada navidad y sentir el calor de su presencia que aún siendo etérea era lo único que mantenía a flote mi cordura, ella era el único espíritu navideño que deseaba conocer. 

 Nunca supe con certeza porque era capaz de volver a este mundo, solo ese instante, solo para mi, tal vez su alma estaba ligada a la mía, así como estos dos árboles que habían crecido juntos estaban ligados el uno a otro por el resto de sus vidas y quizá tras la muerte de alguno de ellos, el otro seguiría soportando su peso hasta que ambos perecieran en alguna tragedia natural. 

Y así fue, cuando estaba frente a ella caí inconsistente sellando por fin nuestro destino, lo último que pronunciaron mis labios fue un sutil “te quiero”. Cuando mi alma abandonó mi cuerpo ambos nos fundimos en un deseado abrazo y nos mezclamos con aquellos árboles para seguir juntos, felices, eternos. 

«Gracias mamá» de Violeta Gutiérrez

Su ausencia cada año era más notable, en cada navidad, el vacío que ella había dejado era más latente, ella, la luz que iluminaba la casa, a pesar de la ausencia de una familia, sin ella todo era diferente, las estrellas brillaban con más fuerza, parecían celebrar la acogida de una nueva esencia en su universo.

Nunca me había gustado la navidad, pero desde aquel año, se había convertido una época del año completamente insoportable para mí, recuerdo con anhelo aquellas frías tardes que pasábamos juntas, las risas retumbaban por el salón, el aroma a galletas se extendía por toda la casa, aquel olor a navidad tan particular, que hacía ya dos años que no se sentía por ningún rincón de la casa.

Paseaba por la calle y veía todas aquellas familias felices, aparentemente sacadas de un anuncio, y a veces lo echaba en falta, hacía dos años ya, que mi luz, como ella la llamaba, se había apagado casi por completo, no me quedaban fuerzas para seguir, no me quedaba ilusión para continuar, la única razón por la que yo seguía adelante, era ella, su esencia seguía en algunas partes de mi vida, en pocas, pero en algunas seguia ahí.

La música, antes unas melodías sin sentido para la mayoría, se habían convertido en mi soporte para evitar la soledad, cada canción que había escuchado con ella, ahora ocupaba un pequeño hueco en mi corazón, una chispa que lograba recomfortarme de vez en cuando.

La presión en el pecho, la falta de aire ,los latidos del corazón acelerados,  los ojos humedeciendose de manera inevitable, todas aquellas sensaciones, las experimentaba cuando determinadas canciones llegaban a mis sentidos.

A veces, cerraba los ojos, y me imaginaba comenzando una danza sin fin, bailando y riendo con ella.

Momentos como esos hacían que la música, continuase siendo parte de mi vida, gracias a la musica, podía sentir su tacto otra vez, a pesar de que fuese solamente a través de mis imaginaciones.

Cada vez, quedaban menos días para noche buena, por lo tanto, quedaban menos días para que llegara el aniversario del día que decidió dejarnos, el día que dejó este mundo, y comenzó su nueva vida en las estrellas, ahí arriba, donde todos descansaban en paz, donde todos disfrutaban de una nueva vida, llena de sueños y alegría.

Era el día antes de nochebuena, quedaban menos de 24 horas para que llegase el gran momento para todas las familias, para mi familia también era un gran momento,pero no lo celebrábamos con gozo, si no con lágrimas y tristeza.

Miro hacia la entrada y allí está, aquel viejo árbol de navidad que nadie se ha molestado en cambiar desde que ella lo compro, todavía recuerdo el día que fuimos a aquel gran almacén.

Los había altos, bajos, de color verde y de color blanco, con luces y sin luces, había miles de árboles de navidad posibles, la gente se encargaba de expresar a sus invitados lo felices que eran y lo mucho que brillaba su árbol, daba la impresión de que competían, a ver quién era más feliz, quien tenía el árbol más bonito y brillante..

Sin embargo ella eligió el que a mí me gustaba, un pequeño y humilde árbol, de color verde, sin luces, ni cosas brillantes, pero para nosotras era perfecto, expresaba a la perfección, que a pesar de ser una familia pequeña, el amor estaba por todas partes.

Parece mentira que aquel precioso árbol fuese el mismo que descansaba en la entrada de mi casa, con ramitas rotas, lleno de polvo,y sin el brillo mágico que poseía años antes.

Me despierto con la luz del sol, automáticamente recuerdo que día es hoy, 24 de Diciembre, mi humor, se ve truncado irremediablemente, miro al cielo, y veo como el sol, brilla más que en todo Diciembre, me gusta pensar que significa algo, que ella de verdad está ahí arriba,y que me protege y me cuida.

Me visto con la ropa que llevaba aquel día, supongo que es una mala costumbre a la que me he habituado, me hace sentir más cercana a ella, más cercana a todo lo que pasó.

Todavía lo recuerdo como si hubiese sido ayer, era nochebuena, y yo me había olvidado mi regalo estrella para ella en casa de una amiga, me moría de ganas de darle aquel regalo, así que ella, a pesar de ser noche buena y casi de noche, cogió el coche y fuimos juntas a buscar el regalo, a la vuelta íbamos hablando de Papá Noel, y de los regalos que me iba a traer, cuando de repente, de una curva aparentemente invisible, salió un coche a toda velocidad, y chocó con nosotras irremediablemente, no tuve tiempo a reaccionar ni siquiera a articular un grito, lo siguiente que recuerdo es la camilla del hospital, a mi padre llorando a mi lado, diciéndome que no era culpa mía, que todo había sido, por una borrachera de navidad estúpida, tiempo después, entendí que ella se había ido, todo por culpa del alcohol, todo por culpa de alguien, que no había echo caso a los múltiples avisos que se daban en la tele, en los periódicos y en todas partes.

Desde entonces mi vida se ha ido convirtiendo en un pequeño infierno diseñado especialmente para mí, mi padre, al no poder soportar la perdida de su amada esposa, se dio al alcohol, se sumergió en una horrible nube de adicción, y yo, no podía ni mirarle a la cara, gracias a él y a su adicción, yo recordaba todos los días que aquel accidente había sido culpa mía, que si yo no hubiese olvidado aquel bonito dibujo, jamás habríamos salido de casa.

Mamá, te necesito, necesito tu presencia en mi vida, se que pronto te veré, y bailaremos en las estrellas.

RELATOS DE LOS JÓVENES ESCRITORES DEL CURSO DE VERANO

RELATOS DE LOS JÓVENES ESCRITORES DEL CURSO DE VERANO

Curso de verano de jóvenes escritores

Les dejamos los relatos realizados por el alumnado del Curso de Jóvenes Escritores de Verano. Al final de la publicación encontrarán un listado de libros que nos recomiendan.

«Cachos de papel» de Olivia Li Cabrera Gómez

No tenía recuerdos, no tenía pasado, una historia. Todo eso lo formaban montañas de momentos que se habían apropiado de mi habitación.
Al ser imposible almacenar recuerdos, todas esas historias las tenía que guardar en objetos, en pequeños cachos de papel, envoltorios que había abierto y sabía que me harían recordar lo que sentí, lo que ví y así acordarme de quién era.
Estamos formados de recuerdos, de historias que nos han llevado hasta dónde estamos, pero yo no tengo nada de eso.
Todos vivimos en un presente, pero este se mezcla con el pasado el cual pretendemos cambiar en un futuro o volver a encontrar en este. Pero yo solo tengo el presente, lo que hago, lo que siento, lo que estoy viviendo por un par de segundos y luego guardaré en mi habitación. Estoy yo sola contra los fallos que repito una y otra vez, contra esas ganas de saber quién soy, por qué hago lo que hago, de saber mi historia.
Yo soy esa habitación y el día que desapareció, yo desaparecí con ella. Abrí los ojos y toda mi vida, mi historia, yo, ya no estaban. Somos lo que hicimos y yo hice esas montañas en mi habitación, pero ya no estaban y yo deje de estar cuando ella se fueron.

«Alba» de Marta Pérez Álvarez

Esa sonrisa, esos ojos oscuros, ese liso pelo marrón, que desde el primer día me atrajo.
Al principio parecía tímida, como si no quisiera que nadie la viese, pero yo me fije en ella. Pero de esa persona que parecía tímida y callada salió alguien suelta y abierta al mundo. Alguien divertida, que con su sonrisa hace feliz a todo el que la rodea, y se preocupa por los demás y las cosas que ocurren a su alrededor. Que a través de esas gafas refleja seguridad y empatía.
A mi me enorgullece mucho haberla conocido. Tenemos tantas cosas en común y somos tan diferentes, aunque no hayamos hablado. Alguien que para mí escribe de maravilla, con mucha intensidad, aprovechando esas circunstancias tan paranormales que Le pasan pos la cabeza contándonoslas con tanta rapidez pero con tantos detalles que nos dejan con intriga. A la cual con estar cómoda le basta y le da igual la opinión de los demás.
Estoy muy orgullosa de haber conocido a alguien tan interesante como ella. Con ese sentido del humor tan singular, con su forma de ser…
Es ese tipo de personas que me daría pena perder.

«El guardia» de Paula Herrera Domínguez

Una verga grande y tenebrosa. De metal oxidado y tan oscura como mi miedo a ella. Un paso más y estoy dentro. Había llegado dos horas antes, y no había absolutamente nadie. A mi derecha la tumba de mi abuela. Rodeada de rosa, margaritas, tulipanes y todo tipo de ramos. A la izquierda un pequeño cuarto. En él, el guardia. Un hombre robusto y misterioso, que al entrar me saludó con una sonrisa.

Como quedaba tiempo me di un paseo por el cementerio. Hacía viento y las hojas se caían de los árboles. La brisa aumentaba su fuerza, como si me quisiera avisar de algo. ¿Pero de qué? El tiempo se me había pasado volando y solo faltaban diez minutos para decir adiós a parte de mi corazón.

Toda mi familia estaba allí. Desde el abuelo hasta mi primo pequeño. Pero había algo raro. No estaban tristes, desolados o llorando, más bien todo lo contrario. Enfadados, confusos, perdidos tal vez. Eché la vista adelante y me di cuenta de la tragedia. La tumba de mi abuela, ya no estaba. Corrí a la entrada en busca del guardia, pero este también había desaparecido. Cerré los ojos por un momento. Cuando volví a la realidad no había nadie. Solo quedaba el cementerio, la verja y yo. De repente se había hecho de noche y la luna brillaba con fuerza.

Unos pasos. Silencio. Un silbido. Silencio de nuevo. Un crujido. Otra vez silencio. Un ruido chirriante al lado de mi oído. Como si rayasen una pizarra. Y después, silencio. Pero esta vez un silencio más profundo, más oscuro. Se notaba en el ambiente que algo se acercaba. Quería corre, huir, salir de allí. Pero no podía. El miedo me tenía atrapado. Totalmente encadenado. Algo rozó suavemente mi mano. Tragué saliva y esperé a que la tragedia viniese a por mi. Lo que fuese que hubiese detrás mio se acercó. Se aproximó a mi oreja y susurró “ Se donde esta tu abuela. Pero eso no es lo importante. Ten cuidado.” Volví a cerrar los ojos. Con la intención de volver a la realidad. Los abro con esperanza, pero no. Sigo solo. Estaba atrapado allí. Sin mi familia, sin mis seres queridos. Eso si da miedo.

«El eco de un porvenir» de Alba Férez Romero

El tiempo pasado era su monstruo; que fagocitaba a la actualidad, el corazón alrededor del cual se apretaban presente y futuro. Razones de más eran las que necesitaba para querer modificar lo remoto. Era ella lo suficientemente consciente para saber que es algo muy inverosímil, pero no quitaba el hecho de que fuera un sueño profundo, sincero y anhelado. Busca un cambio, leve o mínimo, un arreglo; es una necesidad. ¿Debería abrazar a su corazón y sentir el céfiro viento de primavera? ¿Por qué no podría hacerlo solo por una vez? Que se logre y que se cumpla; que a pesar del ciclo continuo, merece la pena seguir con las ansias de ese irrealizable deseo. Canela tez presente, que el sutil fulgor se abalanzaba sobre esta por la aurora clara, con nubes despiertas. Ojos asemejados a la enstatita marrón, con toques finos y transparentes. Sus lacios cabellos teñidos en oscuridad, recogidos; alzados. Ella está, mírala; presenciando el eco de un porvenir que jamás abrirá sus puertas. Mírala; posee un alma clemente y ansía el sueño, ella añora. Por favor, mírala; inasequible pretérito.

«Vuelve a la Tierra» de Daniel Suárez Acosta

Desde la muerte de Mac Miller, he escuchado su canción «Come Back To Earth» 38 veces. La canción habla de cómo está hundido en una piscina, y cómo intenta buscar una salida. Pero está debajo del agua, así que no puede pedir ayuda. Hay gente en los bordes de la piscina, pero nadie se tira a salvarle. En vez de eso, le gritan, «vuelve a la tierra», esperando que funcione, pero sin éxito.
A veces, me siento un poco como Mac. Atravieso, sobre todo en verano, situaciones estresantes y problemas personales, no tan graves como los de Mac, pero que también me hunden en esa piscina. Soy una persona sensible, pero no soy capaz de expresar esas emociones. Cuando estás bien no es un problema, pero cuando estás mal es una pesadilla, porque la única persona con la que puedes hablar de ello es contigo mismo. Cuando la gente dice «el que come callado come dos veces», suele referirse a momentos de orgullo y felicidad, pero tiende a olvidarse de las malas situaciones en las que nos coloca la vida.
A diferencia de Mac, yo sí tenía una forma de salir de la piscina. La música. Mis auriculares de 70 euros, probablemente la mejor inversión de mi vida, que tantas veces me han hecho papilla las orejas, pero que otras ocasiones me han ayudado a llorar, a apartarme del mundo, a gritar sin preocuparme de lo ronca y apagada que suene mi voz. Cuando subo el volumen, me despreocupo de todo, centro mis fuerzas en descargar la emoción que siento, y reproduzco música representativa de esa situación que estoy viviendo. Después de esas sesiones de terapia musical, siento que estoy preparado para cualquier cosa, y puedo afrontar lo que me pongan delante.
El 7 de septiembre de 2018, Mac Miller murió de una sobredosis. Come Back To Earth fue su grito desde la piscina en busca de ayuda. Nadie lo escuchó. Y es que en algunos casos, los únicos oídos que pueden ayudarte, son los tuyos propios.

«Volando con mariposas» de Otto Farrujia Barranco

Recuerdo aquel mediodía como la mariposa que vi hoy al salir de casa, es como si me montara en sus coloridas y frágiles alas para transportarme a aquel horrible momento y lugar.

Era uno de esos días calurosos de abril, yo estaba en un cumpleaños en una gran casa, con un denso jardín donde afloraban todo tipos de flores, matorrales y árboles, también tenía un patio interior con una canasta de baloncesto y con dos o tres mesas de madera, perfectas para sentarse a comer y por último, una siniestra torre de color amarillo.

Estábamos jugando al escondite, contábamos, corríamos y nos escondíamos, o al menos así se jugaba, pero un amigo y yo decidimos escondernos en lo alto de la gran torre, se nos fue un poco de la mano. Allí muy poca gente nos encontraría, además queríamos ganar la partida.

Mientras estábamos sentados en lo alto de la torre, mientras unas frías gotas de sudor nos corrían por la cara, cuando de repente la puerta se cerró de con un gran estruendo, no sabíamos que hacer.

Estábamos preocupados, tensos.

Ya era demasiado tarde para pedir ayuda.

Eso no lo era todo, ratas y arañas se acercaban hacia nosotros

Descubrimos una silla marrón en un lado de la habitación y decidimos lanzarnos con ella contra la puerta. Cogimos fuerzas y fuimos hacia la puerta, esta se abrió y salimos rodando por las escaleras.

¡Todo fue una broma de nuestros amigos!

«Cascos» de Manuela Ramos Castro

Estaba en la calle caminando como todas las tardes viendo el sol ponerse. Pasando por las cafeterías y observando a la gente. Se sentó en un banco y empezó a imaginarse las conversaciones de la gente. Empezó por una niña que hablaba por teléfono, imagino que le estaba pidiendo a su madre que la dejara quedarse mas tiempo en la calle con sus amigos. Luego pasó a un grupo de 4 chicas de unos 20 años. Ella imaginó que estas estaban hablando de lo petadas que estaban de estudio y del poco tiempo libre que tenían. Estuvo así toda la tarde, pasó de la niña que llamaba a su madre a un grupo de gente mayor que se quejaban de su estado.

Cuando llegó a su casa fue lo mismo de siempre, su madre y su padre discutiendo sin parar. Cogió sus cascos, se puso música he imagino que en vez de pelear estaban simplemente charlando sobre que harían de cenar.

La gente se mete con ella por hacer eso, la llaman loca. Pero lo que ellos no saben es que cuando no se es feliz con su vida, es más fácil imaginarse otra.

«Ella» de Diana González Padrón

Esperaba que la oscuridad la alumbrara aquella noche, todo estaba preparado, menos ella.

Cada pintalabios en su sitio, sus tacones favoritos al lado, el vestido planchado y su cuerpo alerta. Después de siete meses sin hablar creía estar preparada, aunque pienso que sólo era una sensación fallida. Se levantó con fuerzas hacia el futuro, pero con un par de lágrimas que por segundos desenfocaban el camino.

Se maquilló, se vistió y repentinamente gritó. No puedo más – dijo. Fingir no era lo suyo y tener que esperar para ser ella la ahogaba poco a poco. Con el paso del tiempo se acostumbró a la soledad, el silencio y quizás fue eso lo que la mató. Yo sólo me dedico a imaginar que se le pasaba por la cabeza para llegar a un punto tan extremo.

Ahora me maquillo y me visto de gala para sentirla. Después me baño y me quito toda la ropa. Duermo desnuda y soy capaz de ser ella por un tiempo.

«Al fin y al cabo» de Silvia Pérez Acosta

Soy la única persona que despierta pensando que alguien la observa. No estoy segura de quién es. Puede que sea un ser superior, o simplemente un terrorífico invento de mi imaginación. Pero lo que sí tengo claro es que me atemoriza su presencia.

Su cuerpo, delgado, esbelto y negro, tan oscuro como si fuera la sombra de todos mis miedos, me observa, y solo han sido un par de veces en las que le he visto, mas nunca he llegado a ver su rostro.

Su presencia hace que mi cuerpo se inmovilice por completo y no pueda más que abrir mis ojos, y mi cerebro, despierto, pero preso del pánico hace que mis articulaciones no se muevan, y que todas mis ganas de correr sean en vano.

-Simplemente te lo estás imaginando- me digo a mi misma, tratando de calmarme.

La primera vez no funcionó. Dejé que el miedo se apoderara de mi, y este, lleno de poder, consiguió personificarse en este ser, dándome una de las peores experiencias de mi vida.

La segunda vez fue diferente. No me rendí ante el pánico, y mi mente consiguió batir a la otra parte de esta que me atormentaba, al fin y al cabo, mi imaginación puede ser mi peor enemiga.

Mi historia no tiene final feliz. No me hice amiga de aquella presencia. Ni tampoco me agrada que aparezca. Pero he aprendido a afrontarla. Ahora sé que cuando aparece no es mal augurio. Es más bien una señal, de mi sin sentido universo, que me recuerda que puedo con ella y con más.

«Las arañas» de Francisco Javier Suárez García

Era una noche normal, como muchas otras. Lo que la diferenciaba era la desesperada presencia de algo que no está.

Sentía ese algo a mi lado, escondido en la oscuridad. Cuanto más lo pensaba, más sentía aquella cosa.

Cansado y alarmado, fui a la cocina en busca de una relajación que no llegó.

Todo era muy raro. Veía cómo pequeñas arañas paseaban sus raquíticos cuerpos por una parte de la cocina.

Mecánicamente abrí un armario, donde suponía que tenía algo para comer. Me costaba fijar la vista. Me sentía fatigado. De pronto, en la oscuridad del armario brillaron cientos de ojos. Algo se movía ahí dentro. O quizá era mi imaginación. ¡O quizá no!…

Desconcertado, vislumbré las galletas que había comprado ayer. Cogí la caja con decisión. Miré fugazmente al interior. Empezaron a salir arañas.

Tiré la caja al suelo. Seguían saliendo arañas. Hui de la cocina al percibir un ruido desconocido dentro del armario. De un salto llegué al baño. Cerré la puerta.

Intentaba comprender lo que había pasado. Con la espalda apoyada en el lavabo respiraba con dificultad.

De pronto, diminutas arañas se empezaban a colar por debajo de la puerta. Cogí el secador pensando que sería un arma letal que me libraría definitivamente de los malditos bichos. Casi sonriendo lo encendí y lo puse a la máxima potencia. Intentaba mantener a las arañas a raya, pero no las podía contener.

Abandoné el secador y rápidamente fui a la bañera, cogí la alcachofa y empecé a echar agua. Por un momento, el invento parecía funcionar, sin embargo vi con perplejidad que las arañas habían logrado abrir la puerta. Estaba totalmente rodeado. Eran 500, o miles, o millones. Me quedé petrificado. No sabía qué hacer. Cerré los ojos y por unos instantes me sumí en los más absortos pensamientos. Estaba confuso. No distinguía la realidad.

Abrí los ojos y estaba en mi cama. Como si nada hubiese pasado.

Estoy despierto. ¡Estoy despierto!…

Ahora veo arañas por todas partes, y busco en mi mente el momento en el que lo soñé, sólo para cambiar la realidad.

«Él» de Lucía Correa Bravo de Laguna

El sentimiento de tristeza y las lágrimas de un corazón roto fueron los elementos que hicieron de mi vida la más exquisita novela.
Tumbada en la cama, sintiendo como su tacto se clava en mi piel como si fuera el más afilado cuchillo, es cuando la tristeza empieza a corroerme. La satisfacción de tenerle cerca es lo que me hace sentirme tan patética.

Sé que solo yo soy testigo de su tacto, sus besos y sus dulces palabras, porque el destino se asegura de que estos momentos se mantengan en secreto. Pero por un momento pienso que pasaría si se dignara a abrir su corazón a los demás, a veces pienso que pasaría si fuera sincero consigo mismo. Probablemente nuestras risas, nuestros pequeños encuentros, no serían necesarios y yo no tendría que aguantar la respiración de esta manera. Porque duele, duele tenerle cerca y a la vez tan lejos, me duele saber que es mío pero solo a momentos.

Con él me cuesta respirar. Necesito soltar todo el aire que llevo guardando todo este tiempo. Necesito oxígeno, pero coger aire significa abandonarlo todo, y la palabra todo es él.

Me levanto y él me mira extrañado, con un intento de agarrarme la mano. Hoy seré capaz de respirar con normalidad.

«4 de julio» de Lucía Quintana López

2 de julio
Vuelvo a salir y no tarda en aparecer, como una sombra que me persigue, aprieto el paso, el corazón me late cada vez más fuerte esto se tiene que acabar ya.
Me pongo los cascos y intento olvidarme de él, no es fácil pero empiezo a acostumbrarme.
En seguida bajo las escaleras y regreso a casa, el miedo me supera.
Cojo las llaves y miró hacia atrás sigue ahí esperando a mi lado a veces pienso que no es real no le dirijo la palabra entro corriendo y cierro la puerta rápidamente.
Mi respiración vuelve a la normalidad el silencio de la casa me devuelve a la calma.
Me dirigo a mi habitación cierro las ventanas y me pongo a estudiar. Mañana tengo examen de mates.

3 de julio
Me despierto en medio de la noche con la respiración agitada.
He vuelto a soñar con el. Otra pesadilla más. No lo puedo sacar de mi mente, ni siquiera en mis sueños.
Me calmo y cierro los ojos.
Me estoy volviendo loca.

5 de julio
Amarro a mi perro y abro la puerta.
Subo las escaleras y me dirijo hacia la avenida.
Lo encuentro a lo lejos, a lo mejor hoy no me ve cojo otro camino y bajo por un descampado. Acelero el paso, no está, al menos hoy me libraré de el.
Aprovecho para jugar con mi perro.
Nos pasamos jugando un buen rato.
De repente oigo ruidos, pasos, alguien se acerca, me doy la vuelta, no hay nadie.
Pienso que es un pájaro que ha movido las ramas de un árbol.
Pero de repente ahí está me mira de frente saca el cuchillo ante mis ojos estoy muy asustada no me muevo no grito no corro estoy temblando.
Sonríe y lo hace.

6 de julio
Mi hermana aún no ha regresado.
Espero que no se haya metido en ningún lío.
Ayer se fue a las tres y no ha vuelto.
Mi perro apareció anoche en la puerta estaba atemorizado no paraba de ladrar y se movía frenético.
Estoy muy preocupado.
Debí hacerle caso, aquel hombre era peligroso.
Tengo miedo de haberla perdido, de no volver a verla más.

Curso de verano de jóvenes escritores

Libros recomendados por nuestros alumnos

  • El dueño de las sombras (Trilogía eblus 1) de Care Santo. 
  • Último verano en Tokio de Cecilia Vinesse. 
  • Misery de Stephen King. 
  • Los asesinatos de Coleraine de Georgine Pérez. 
  • Orgullo y prejuicio de Jane Austen
  • La muerte del comendador de Haruti Murakami 
  • El mundo amarillo de Albert Espinosa
  • Ocho de Rebeca Stones
  • Algo tan sencillo como tuitear te quiero (Trilogía. Volumen I) de Blue Jeans. 
  • La historia interminable de Michael Ende
  • Las aventuras de Simón Bolívar de Vinicio Romero Martínez. 
  • Las chicas del alambre de Jorde Sierra I Fabra. 
  • Momo de Michael Ende. 
  • La chica invisible (Trilogía) de Bleu Jeans. 
  • El visitante de Stephen King. 

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